viernes, 24 de junio de 2011

BIZCOCHOS ASESINADOS


SECUESTRAR BIZCOCHOS PARA DEJARLOS MORIR.

Se empieza por secuestrar cubanitos, bizcochos de anis. Los guardas pensando que son todos tuyos y que no quieres ver como los demás los comen porque disfrutan con ellos y la mañana se les hace menos pesada.

Tienes cientos de ellos, QUE NO SON TUYOS QUE SON DE TODOS,  pero te obsesiona la idea de que se acaben engullidos por las boquitas ávidas de los demás. Empiezas por guardarlos en una bolsa con excusas absurdas y los  escondes en tu secreter privado. Gruñes cuando alguien se acerca porque son tuyos y sientes el poder de los bizcochos cubanitos que te enaltece. Giras y volteas porque atesoras aquello que los demás añoran y te ríes, te carcajeas porque sólo tú tienes la llave de la alacena.

A la mañana siguiente te envarga la satisfacción al saber que la búsqueda de los golosos es infructuosa porque sólo tu comerás bizcochitos cubanitos de anís, y de tanta alegría se te pasa la mañana y no los pruebas. Mañana los comerás a escondidas y luego dejarás el papel y las migajas a la vista de aquellos a los que les evocan tiempos mejores. Pero abrir el armario es peligroso, no vaya a ser que se cuele la vida en él y se los coma, porque eso, un día más, los bizcochos siguen guardados.

Se han puesto de moda las galletas de canela. Las trae la muchacha que se comía tus bizcochos con fruición y hoy ni siquiera los recuerda. Cada mañana un buen puñado de galletas caseras. Míralas, las de los ojos chisposos y las nalgas prietas, como se ponen de canela las muy cerdas y ya nadie se acuerda de los cubanitos. Ha llegado el momento. Corres al amario y de la bolsa extraes.... el polvo de lo que fueron bizcochos y ahora es tierra.

Asesina de bizcochos secuestrados, no puedes admitir que te mueres por una galleta de canela.

miércoles, 22 de junio de 2011

1.ARRANCAR LAS MALAS HIERBAS



EFICACIA LA DE ATILA Y SU CABALGADURA: Me río yo de la depilación láser al lado de lo que el chorvo hacía con la hierba.

Si me descuido mi cajón de las cosas para no olvidar se convierte en campo de malas hierbas de lo abandonado que lo tengo.

He cogido la podadora y Atila me echará una mano.
La felicidad me entontece y me embauca. Me deja el dobladillo de la alarma en opción de bajo consumo y vienen los pérfidos y me roban la merienda de pan y chocolate. Al próximo que se acerque le tendré que moler los huesos con mis afilados colmillos de peligro incipiente, que bien es sabido que si en ocasiones no vale con ser un buen consejo no es descartable ser una terrible amenaza.
La culpa la tiene Vikie el Vikingo y los volantes de los vestidos de gitana, Punset, las bicicletas que te muerden cuando te paras y los ojos de los gatos que miran mas allá de los geranios negros de madrugada.
La culpa, la culpa, siempre la culpa, como si buscar al culpable fuese antes que darle solución al caos, y mientras buscamos y buscamos el caos se hace gordo y ya importa un pepino (pepinos forever) si el culpable pagará o no su prenda.
Y el hastio de lo mezquino tan empeñado en prevalecer sobre lo puro como si fuera lo natural y no lo es, porque la mezquindad es una hernia que estrangula la luz del sol y el verde bajo los pies una tarde perfecta.

Excusas para no pensar hay unas pocas, pero son mas las razones para no dejar de hacerlo.

He vuelto.
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Océanos

Océanos
Los sin fondo